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1. Apiretal vs. Dalsy
Imposible. Ha sido una semana literalmente imposible, os lo digo yo. Debí -y quise- escribir alguna entrada el pasado domingo, que fue el Día de la Madre, y algo se torció en el Cosmos. De hecho, fue un día que rizó el rizo, y aún no habíamos hecho nada más que empezar. Para resumiros, lo celebramos, le compramos un regalo y flores a mamá, pero Nico alcanzó los 39º C a media tarde. Aún le recuerdo rojo como una ascua, temblando y tumbado en nuestra cama, mientras ella le hacía mimos y yo le daba Apiretal. Y recordaré para siempre, curiosamente, que durante toda la noche tuvo los tobillos ardiendo. Por cierto, en internet encontraréis miles de foros en los que se discute sobre si es mejor este medicamento o Dalsy. Para que os hagáis una idea, si es que yo lo he entendido bien, la diferencia es la misma que entre un Termalgin y un Ibuprofeno. Y en la práctica, el efecto del primero tarda más pero dura más, y el efecto del segundo tarda menos pero dura menos. O algo así.
Un par de visitas al médico, termómetros, Apiretal, Rhinomer… Aparecen los mocos y se instalan en su pecho. Desaparece la fiebre y duerme mucho, emitiendo un sonido similar al de un jabalí roncando. Pobre. Y conserva el buen humor, con sus sapos colgando de la nariz. Ahora está mucho mejor, incluso bajamos al parque este sábado.
2. Pocoyó o Caillou
En esta vida hay que tomar decisiones, Nico. Hay que elegir, no se puede ser del Barça y del Madrid; el mejor grupo de la historia tiene que ser o los Beatles o los Rolling; zurdo o diestro. Y por esa regla de tres, hay que decantarse por uno de los dos héroes de la infancia actual: o Pocoyó o Caillou.
Pocoyó es un niño de unos tres años, vestido de azul y muy activo, que tiene tres amigos principales: un perro inteligente, un pato con gorro y un elefante rosa con tutú. Lo normal. Habla directamente con su narrador, como si fuera un personaje de Pirandello.
Caillou es un niño de unos cuatro años, perspicaz y calvo, que vive aventuras en un mundo más real. Le gusta esconderse.
Es probable que aquí se nos haya visto ya el plumero. Nosotros somos más de Pocoyó. De hecho tenemos uno de sus libros, en el que te enseña las formas y los colores, una obra bien hilada aunque con un final previsible. No queremos influiros, pero es mucho mejor un niño azul que hace lo que le da la gana en un universo blanco y paralelo, al estilo Matrix, junto con los tres animales favoritos de todo niño: el perro, el pato y el elefante. Si no estoy mal informado, el nombre de Pocoyó salió del hijo del creador del muñeco azul, que rezaba mal el ‘Jesusito de mi vida’ (“eres niño pocoyó”, decía ese niño). Nosotros no rezamos mucho, la verdad…
Caillou es un niño que descubre el mundo real con sus padres y sus abuelos, y sus amigos más cercanos son su hermana y su gato. Igual que Pocoyó, siempre lleva la misma ropa -es uno de los misterios más frecuentes de los dibujos animados- e igual que Pocoyó tiene un melón descomunal y desproporcionadamente grande.
Queremos que vosotros también votéis.
3. Pelo rapado o silvestre.
Esta es una disyuntiva que se me ocurrió el sábado, al encontrarnos con uno de los amigos de Nico, al que sus padres habían podado el flequillo como habían podido -estaba guapo, eh-. Recuerdo que antes -seguramente a mí también- se rapaba la cabeza a los bebés de meses, bajo la premisa de que el pelo “crecía así más fuerte” que si se dejaba salir de forma silvestre. Sin embargo, esa tendencia la encuentro cada vez más en desuso. Ninguno de los niños que yo conozco ha tenido que pasar por la maquinilla. Y en los blogs que he mirado, se suele afirmar que es un mito sin demostración científica.
4. Con o sin chocolate.
Qué disyuntiva más tonta. Con chocolate.
Aquí voy a detenerme. Seguramente haya nuevos capítulos sobre disyuntivas en el futuro, y contaré con vuestra ayuda en muchos casos. Hoy elegimos Apiretal, Pocoyó, sin afeitar y con chocolate.
Vamos a tener que tomarnos un poco más en serio esto del blog… Han sido muchos días sin actualizar. Como esta Semana Santa -la semana del ‘Torrón’, como dice un amigo nuestro- nos hemos quitado de enmedio, pues ya nos hemos liado y ni hemos escrito ni nada. Disculpas.
Nico, su madre y yo estuvimos en Nerja, destino familiar materno por excelencia. Allí hemos recorrido su calle Diputación y su Balcón de Europa, con su Alfonso XII aguantando las tonterías de los guiris. Hasta Nico se rió de su bigote, y yo de su estatura. Bah, un monarca de tantos.
No pudimos huir del ‘Torrón’, en este caso el nerjeño. Vimos como paseaban a sus muñequitos con sus velas y aporreaban sus tambores mirando al infinito, mientras las autoridades admiraban el desfile con sus cetros y sus gorros de plástico. Nico meneaba la cabecita de lado a lado con los ritmos porrompomperos. “Música, al fin y al cabo”, debió pensar, “así que bailemos un poco”. Lo curioso, o ambiguo, de la Semana Santa en un destino tan turístico e internacional como éste es la mezcla de la señora devota de su imagen, con el alma en vilo, y el extranjero en bermudas comiendo un helado y paladeando tanto exotismo buñueliano junto a ella. No hay tanto agobio como en las capitales, que se colapsan con tantos paseítos, pero al final parece menos auténtico. Una imagen que lo resume: en la plaza principal, con el muñequito en suave bamboleo, un cantaor con pañuelo negro al cuello asoma una saeta por el balcón más lucido del segundo piso y la deja caer desde lo más profundo de su garganta ante el asombro y el silencio de los presentes. En el primer piso, justo debajo, un turista canoso con sandalias sale a fumarse un cigarro mientras su hijo regordete y pelirrojo graba la escena con su teléfono móvil de última generación. Y abajo, todos nosotros sin saber a qué piso mirar.
Una burrada
Además, en estos días el enano ha lucido su gorra gabacha, ha probado helado de varios sabores, ha vacilado a los niños que iban en carrito -”Nico, calla, deja”-, ha gateado, andado, subido, bajado, dormido, etc.
Pero lo mejor, lo mejor de lo mejor, ha sido ir al Refugio del Burro de Nerja, más conocido como el Nerja Donkey Sanctuary porque lo llevan extranjeros con mucho arte. Allí repartimos dos cubos enteros de zanahorias y pan duro entre burros, mulas, ponys, caballos, cabras y otras especies. También había humanos, pero comían otras cosas. Fue asombroso ver cómo Nico era capaz de meter con sus finos deditos entre los dientes grandes como ajos camperos de los equinos aquellos trocitos de comida. Sin ningún miedo, como quien acaricia un gatito, y eso que era la primera vez que veía animales así de grandes.
“Mira cómo quiere al cerdito”, escuché mientras Nico abrazaba desde su estatura a un cerdo vietnamita al que le dábamos pan duro, gordo gordísimo, una nube negra con pelos que se desplazaba a trompicones sobre sus cortas patas, simpático y dócil. “En otros países es un animal doméstico”, nos indicaron. Difícilmente lo será si su amo siente lo que en ese momento sentí sobre mi pie derecho. Con un solo pisotón, con su pequeña pezuñita, el cerdito vietnamita colocó sobre mis castigados deditos toda su simpatía, similar en tonelaje a la de un vagón de carga. Hasta en la frente tenía grasa. Y Nico le abrazaba con ternura.
Hay que reconocer que estos extranjeros, los propietarios y promotores del santuario del burro, son muy distintos a los que van a comer helado y torrarse en la arena. Se afanan en intentar decir palabras como “peligroso”, “amable”, “latigazos”, o “abandonado” en castellano a los visitantes españoles como nosotros, y le dan una segunda oportunidad a ejemplares bellísimos y adorables. Desde primera hora están organizando paja, agua, comida y cuidados médicos para estos animales, que en muchas ocasiones llegan lesionados para después renacer en sus manos. Todo con donaciones y sin nada que ocultar. Si pasan por Nerja, no se lo pierdan.
Por fin, un diente
No queremos dejar escapar esta oportunidad de actualizar el blog sin anunciar que en la encía inferior de Nico ya asoma un granito de arroz que acabará siendo un diente. ¡El primero, por fin! Va a salir cuando ya ha cumplido 14 meses, y lo normal es que salgan antes (hay niños con seis meses y varias piezas ya luciendo en su sonrisa), pero no había razón para alarmarse. En esto de la dentición cada niño es un mundo, así nos lo han dicho varios pediatras, lo hemos leído en libros sobre infancia y lo hemos corroborado con otros padres y madres. A unos les salen enseguida y a otros cuando ya están andando. “Tú no te preocupes que cuando le vaya a dar un beso a su primera novia seguro que ya tiene dientes”, decía su abuela. Pues va a tener razón. Nico, tu primer bocata de jamón serrano ya está un pasito más cerca…
Un gran fin de semana. Nico descansa en su carrito, suspirando, despeinado después del trajín que acabó ayer por la tarde. Ha visto de cerca un buho real y una lechuza, tortugas y mariposas tropicales, puzzles grandes de madera… Ha metido sus manos en sustrato universal, ha probado el tiramisú, ha ido a casa de Lola, de Enea, ha cambiado la hora para adaptarse a la primavera, ha descubierto el tobogán y ha visto skateboarding… Vuelve a suspirar y da otra vuelta en el carrito.
Los que no han ido nunca al Parque de las Ciencias dejan escapar una oportunidad como pocas. Sobre todo los que tienen hijos o sobrinos. Este museo abarca mucho más de lo que parece, y debería ser uno de los grandes orgullos de esta provincia. Olvídense de las matemáticas o la física de los libros. Allí hay robots parlantes, animales exóticos, exposiciones vivas, juguetes didácticos… Sin embargo, ahora mismo -y desde hace unos meses- exhiben una muestra de animales disecados con el subtítulo de ‘El arte de la taxidermia’ que no sé yo… Supongo que sí que tendrá su arte eso de vaciar animales y manipularlos para que aparentemente estén vivos y en ‘pause’, y que no tendrá nada que ver con ningún tipo de maltrato a estas especies. Es cierto que impresiona mucho ver a un elefante congelado con toda su envergadura. Pero es que no sé yo… Tamara y yo lo miramos con cara rara, Nico se frota el asa del chupete con la mano derecha mientras succiona, que es lo que hace cuando no termina de comprender. Es como si a este elefante le faltara algo. Respirar, será eso, que no respira. Mejor nos vamos a ver a la lechuza, que está viva, aunque la pobre se cree que el cuidador es de su familia y le llama con dulzura (“Crruaaaairrg, crruaaaairrg”), una llamada a la que Nico responde sin sacarse el chupete de marras (“¡Grruuuuuuuu!”). Como a la lechuza le dé por venir, menudo susto.
Bola de Oro
También hemos estado en las nuevas instalaciones municipales de Bola de Oro. Tan nuevas son que hasta los bancos de madera estaban aún envueltos en plástico de burbujas. “No, si esto no está estrenado, es que nos hemos metido todos a jugar porque ya estaba listo”, nos explicó una madre. Efectivamente, además de toboganes, casas de plástico, mesas de ping-pong o fuentes, hay dos grandes pistas de skate con todo tipo de rampas de cemento, otra pista de tierra para BMX y una pista pequeña para bailar breakdance (o eso anuncian) y ya están llenas de chavales con sus cascos (de música, no de seguridad), sus pantalones de colores y sus tablas. Dice el PSOE que estas pistas ya están dando problemas, pero nosotros no vimos ninguno en toda la mañana. “Hay que ver que los niños ya lo han pintado; a ver lo que les dura”, añadió la madre con sus botas llenas de polvo. Cualquiera le explicaba lo que es un grafitti.
Recuerdo que cuando trabajaba en el periódico recibimos quejas de vecinos de la zona porque los skaters hacían ruido y bebían cerveza. Los chavales respondieron en una carta firmada por unos cuantos en la que pedían respeto para lo que consideraban un deporte urbano. He de decir que estos chicos escribían mucho mejor, con más educación y más argumentos que el colectivo vecinal. Cosas de la vida. Yo habría dado mucho cuando era chaval por tener unas pistas así y grabar videos como éste -mi tabla, una Gordon&Smith naranja que ya debe ser pieza de coleccionista, qué recuerdos-. Y encima en Bola de Oro, que no sé lo que significa, pero suena bien.
Mientras veía cosas así, con mis pantalones de domingo y mis zapatos negros recién embetunados, me sentí un poco carca. Les miraba desde el tobogán azul de plástico, que está bien, sí, y Nico le ha perdido el miedo a deslizarse por él, pero a mí también me gustaría tirarme por una de esas rampas… Qué narices, sigo teniendo esa pequeña cicatriz en el tobillo. Y ese tobogán estaba aún sin inaugurar, nos habíamos saltado una norma para practicar ‘toboganing’. ¡Hijo mío, ya eres un rebelde urbano! ¡Estoy orgulloso!
Ahora Nico se despierta en el carrito, suspira una última vez y me mira con un ojo entreabierto y frotándose el asa del chupete, como preguntando: “¿Pero en que estás pensando?”. No, no, en nada, déjalo.



